Toda historia necesita un lector

CUADERNO #01

Cuando pensamos en un libro, imaginamos a quien lo escribe. En las horas de trabajo y de estudio dedicadas, en las dudas, en las eternas correcciones, en ese momento final en que el manuscrito se convierte en una obra terminada.

Estamos equivocados.

Existe una idea que ha ido ganando fuerza en los estudios literarios durante las últimas décadas y que convierte ese punto y final en punto y seguido: un libro no está realmente completo cuando el autor lo termina, sino cuando alguien lo lee.

Esta afirmación puede parecer exagerada. El texto existe antes de que aparezca el lector: las palabras están impresas, las páginas encuadernadas y la historia ya ha sido imaginada y escrita. ¿Qué podría añadir alguien que llega después? ¿Qué importancia tiene?

La respuesta es sencilla y fascinante: la interpretación.

Ningún lector se acerca a un libro con las manos vacías: todos llegamos acompañados por nuestras experiencias, nuestras lecturas anteriores, nuestras expectativas y un manojo de preguntas. Dos personas pueden leer la misma novela y salir de ella con sensaciones completamente distintas. Incluso una misma persona puede leer el mismo libro en momentos diferentes de su vida y encontrar significados nuevos. El texto escrito es siempre el mismo, pero la interpretación que se crea de él, y con ello me refiero al texto resultante cuando se lee, es siempre distinta.

No podemos concebir la lectura como un acto pasivo, pues leer implica completar, imaginar, relacionar, interpretar, extrapolar. Allí donde el escritor deja espacios abiertos, el lector los llena con su propia experiencia. Allí donde una historia plantea preguntas, cada lector busca sus propias respuestas.

Esta idea fue desarrollada por la llamada Estética de la Recepción (Jauss, 1967). Frente a una visión centrada exclusivamente en el autor o en la obra, estos estudios comenzaron a prestar atención a quien recibe el texto. La literatura dejó de entenderse como un objeto estanco para concebirse como un encuentro entre el texto y el horizonte de expectativas del lector como vector principal.

Encuentro.

Un libro es el lugar donde se encuentran dos imaginaciones. Por un lado, la de quien escribe. Por otro, la de quien lee. Ninguna de las dos basta por sí sola. Mientras el autor propone una historia, una voz, unas imágenes, es el lector quien las activa, las interpreta y les da vida en su interior.

Pongamos un ejemplo: es conocida la anécdota en la que Vargas Llosa decidió cambiar la interpretación final de su novela La ciudad y los perros por la interpretación que un periodista hizo de ella. El lector imaginó un final distinto al del autor, y al exponérselo en una entrevista, al atreverse a decirle: no, señor Mario, está usted equivocado en lo referente al final de su novela con unos argumentos igual de válidos que los del propio autor, este decidió cambiar su imaginario. El lector construyó la novela más allá del autor y del texto.

Por todo ello la literatura posee algo que ninguna explicación puede sustituir. No importa cuántas reseñas leamos ni cuántos estudios consultemos: cada lectura es una experiencia irrepetible. Cada lector construye una relación única con el texto.

Tal vez esta sea una de las razones por las que seguimos leyendo: no buscamos historias trepidantes sino una conversación silenciosa que atraviese el tiempo y nos conecte con otras miradas. Los libros nos hablan, todos lo sabemos. Y qué bonito es comprender que nosotros les respondemos.

Es en esta respuesta donde la literatura termina de completarse.

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